DIFÍCIL, DURO Y REAL.

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La caída puede ser más dura y su herida puede tardar más en cicatrizar, los golpes son constantes pero la incorporación es inmediata y obligatoria. Tan sólo se queda en eso, una anécdota. Difíciles para unos y traumáticas para otros. Esta última es la que, desgraciadamente, muchos contarán a lo largo de sus vidas.

No aprendes si no vives, por eso yo quise vivir por unas horas para aprender y valorar. En el camino ya iba con pena sin ni siquiera saber qué es lo que me iba a encontrar. Mi marido, mi madre y yo queríamos complacer de la mejor manera posible, hicimos lo que nos recomendaron, por eso paramos en un supermercado e ilusionados comenzamos a llenar tres carros con las necesidades aconsejadas.

Me encontraba muy nerviosa, ya estaba en la puerta. Me picaba la curiosidad de saber por qué nos habían citado a las siete de la tarde y no antes, duda resuelta, vuelven del colegio.

Sólo pudimos depositar un pie dentro de la casa cuando once niños comenzaron a correr hacia nosotros y a dispersarse en nuestros brazos. En sus rostros se dibujaban unas sonrisas profundas y amplias, llenas de energía.

Fue un flechazo entre ambas, en el primer abrazo sentí algo que jamás había percibido. Mis ojos comenzaban a aguarse, pero conseguí retener lo que pasadas unas horas expulsaría sin pudor alguno.

Sofía, esa dulce niña que sus brazos no soltaban mi cuello y sus labios mi mejilla, jamás sentí tanto amor de un desconocido. Tenía poco tiempo y aumentaba la necesidad de hacer muchas cosas junto a estos pequeños ángeles, por eso comencé por sentarme en el suelo para saber el nombre y las edades de cada uno de ellos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, nueve y doce años. Sentía un nudo en el pecho, pero la impotencia lo superaba.

Corriendo nos dirigimos a sus cuartos, querían mostrarme dónde dormían, seguidamente acudimos al salón donde comen, meriendan y cenan. Saltaban de felicidad, mis piernas sentían presión por los abrazos, los diez dedos eran protegidos por diez palmas. Ezequiel (mi marido) y yo quisimos reunir a todos en la cocina para entregarles gominolas, en ese mismo instante nos inventamos un juego para motivarles a ganar un dulce. Los gritos, palmadas, canciones se apoderaron de nosotros, Sofía seguía en mis brazos.

Mi madre se encontraba con la pequeña Tatiana de un año dándole de comer un yogurt mientras le cantaba una canción. Los pequeños disfrutaban de sus chucherías, mi marido y yo nos encerrábamos en un cuarto con los responsables del centro para escuchar la dura realidad. Sofía hace pucheros por alejarme de ella unos minutos…

¿Por qué están aquí? Es un orfanato donde algunos niños están porque los padres tienen problemas económicos y les es imposible mantenerlos. Otros son abandonados y asuntos sociales nos los entregan, la nena de un año tiene síndrome de abstinencia y el caso de Sofía y su gemela son niñas maltratadas por los padres.

Dolor, rabia, impotencia, irritación, amargura… conforme pasaban los minutos más sentimientos se apoderaban de mí. A través de la puerta transparente que me separaba de las once criaturas, observaba cómo bailaban, comían con placer, simplemente estaban felices de tener visita…

Se acercaba el final de la breve estancia y mi cabeza sólo pensaba en abrazarles uno por uno y transmitirles tanto amor que pudieran sentirse realmente amados. Sofía, me espera en la puerta y de la mano me lleva hacia sus amigos, su rostro ya no refleja ninguna sonrisa, sabe que el final está por llegar. Una última canción para dejar buen clima y ganas de irse a dormir con una magia potencial.

Besos, abrazos, caricias, miradas, todos y cada uno de ellos quisieron mostrar su cariño hacia mí. A ella no le bastaba eso, su cara estaba triste, comenzaba a bajar la mirada, cuando me encontraba en la puerta, escuché mi nombre, Sofía corrió hasta lanzarse a mi cuerpo, alzada me miró y tan sólo me dijo: “Llévame contigo, Tamara”  a lo que yo le contesté entre lágrimas: “mi princesita, volveré, te juro que volveré”.

De vuelta a casa en el coche no hubieron palabras, mi madre sólo sabía llorar, la mirada de mi marido estaba ida, sin sentido, y yo como anteriormente dije expulsé todo lo que llevaba dentro de mí, ese cúmulo de sentimientos. Dolor e impotencia por esos papás que deben de separase de sus hijos por no poder mantenerlos económicamente, y asco por esas “personas” que los abandonan y maltratan.

Desde ese mismo día, no pasan veinticuatro horas sin mirar la fotografía que quise hacerme junto a esa personita que hizo que tuviéramos un flechazo mutuo. Sofía no es distinta a ningún otro, es una situación como la que vivimos día a día, puedes tener cariño y afecto a muchas personas pero con una o varias sientes la complicidad y la necesidad de estar, ella hizo que en mí se despertara algo distinto. No sé cómo llamarlo, quizá la palabra sea protección.

Lo único que sé es que quiero a esos niños en mi vida, por eso una vez cada quince días iré a hacerles una visita y a entregarles ese amor tan necesitado.

Al día siguiente mi cabeza sólo reflejaba pensamientos de recuerdo, no entendía por qué esos niños tienen que vivir una vida que no han elegido, tampoco comprendía cómo se puede abandonar o agredir a seres tan inocentes…

Mi querida madre me dijo con toda la razón del mundo:

“HIJA, EN LA VIDA TODO SE ELIGE MENOS LOS PADRES”

Yo, una vez más, no le doy gracias a la vida por tener la madre que tengo, le doy gracias a ella por amarme como me ama desde que nací, porque ella sí eligió darme una vida sana y llena de felicidad.

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