UN CUENTO LLAMADO SHAILA (7º POST)

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“Tamara, toma la ropa y prepárate cariño, Shaila llega ya”

En ese instante me di cuenta de que los nervios que había pasando las horas anteriores, no eran nada más que un aperitivo para la preparación de lo que a continuación iba a sentir.

Cuando escuché esa frase, mi cuerpo comenzó a temblar, un nudo en la garganta no me dejaba expresar lo que quería transmitir. Realmente, tampoco lo tenía claro. Mi mamá me miraba con cara de felicidad y orgullo por haber llegado hasta ahí, no paraba de repetir la misma frase: “Hija, el momento ha llegado”.

La enfermera me entrega una bata y salgo de la habitación para coger aire, lo necesitaba. Me alejé unos metros del paritorio y me detuve frente al ascensor. Como si una tecla de rebobinar se tratara, mí cerebro comenzó a recordar de manera rápida, todo lo vivido hasta el momento.

Médicos, consultas a especialistas, tratamientos, quirófanos, dolor, angustia, desesperación, ilusión, lucha, amor… En todas las imágenes que se proyectaban en mi cabeza siempre aparecía la misma persona, mi mejor amigo, mi marido. En ese momento se encontraba en el aire rumbo al hospital, donde se encontraría con su princesa más deseada. Una mano en el hombro me hizo volver a la realidad, mi mamá me dio un abrazo y su vez me decía al oído: “Llora hija, llora pero de felicidad”.

El tiempo se agotaba, todo estaba preparado y debíamos dar la bienvenida a la pequeña Shaila. El doctor, me pidió la cámara que horas antes me había dicho que se pondría en la cabeza, para poder grabar lo que sería el momento más importante de nuestras vidas. En ese mismo instante, cierran las puertas y ella, esa mujer tan valiente que estaba a punto de traer a mi hija al mundo, me mira emocionada y sin decirme nada me lo dice todo.

Mi cuerpo comienza a flojear por lo que decido estar sentada en un sillón durante el parto, la tensión acumulada me podría jugar una mala pasada y para nada me gustaría marearme en ese precioso momento. Agarrada de la mano de mi madre, empiezo a escuchar cómo la enfermera hace una cuenta atrás en inglés y el doctor a su vez la anima para empujar. Le hacen repetir lo mismo en dos ocasiones seguidas.

En ese instante, desvío mi mirada del suelo y puedo ver a través de un hueco que forma el brazo de mi madre, la cara colorada de la gran mujer que está dando a luz haciendo mucha fuerza. Noto que comienzo a hiperventilar y que mi respiración cada vez va más rápido, la ansiedad se estaba apoderando de mí. Mi mamá me mira preocupada, le hago una señal de que todo estaba bien, última mentira antes de convertirme en madre.

Tenía miedo, me atrevería a decir que llegué a sentir pánico. Eran sentimientos muy distintos. Alegría y plena felicidad por lo que estaba por venir, pavor porque todo saliera bien y mucha incertidumbre por saber que sentiría en el momento de ver la cara a mi ratita.

¡Ya está aquí, ya está aquí! Comenzó a gritar mi mami llorando.

Levanté mi cabeza, descrucé mis dedos y miré hacia la camilla donde pude ver una cabecita negra pequeña, me puse de pie equilibrando mi inestabilidad y me dirigí hacia esos llantos que la pequeña de tan solo segundos de vida estaba derrochando. No recuerdo haber llorado tanto en mi vida, jamás había derramado tantas lágrimas acompañadas de temblores.

Aparté con delicadeza a las personas que estaban atendiendo al ser más importante de mi vida y me acerqué a ella. No puedo decir lo que sentí, es imposible de describir, solo sé que en ese momento lo único que pensaba es que los cuatro años de espera, habían merecido la pena.

“Es igual que su papá por favor. Gracias hija mía, gracias por estar aquí, te amo para siempre”.

Esas fueron mis primeras palabras antes de sentirla cerca de mí. Eso sucedió minutos después, cuando los médicos me la entregaron. Sin lavar, tal y como vino al mundo, ella y yo nos sentimos piel con piel sintiendo la conexión de madre e hija, empezando a sentir el amor incondicional. Mis lágrimas no cesaban y su llanto sin embargo desapareció. Con mis labios en su diminuta cabeza le hablaba bajito sin parar, le hice una promesa que cumpliré de por vida: “nunca me separaré de tu lado”.

Acto seguido, en la distancia le lanzo un beso con todo mi amor a la valiente mujer que ya descansaba en la cama después de un parto que hizo maravillosamente bien. Al transcurrir una hora, Shaila tuvo que ir al nido para realizar sus revisiones y el primer baño, que por supuesto yo le daría acompañada de profesionales.

Antes de abandonar la habitación, me dirigí a la camilla y nos fundimos en un abrazo lleno de lágrimas emotivas.  “Nunca olvidaré lo que has hecho por nosotros tres, gracias a ti nos hemos unido”. Esto fue lo que esta linda mujer escuchó de mi boca.  Seguidamente, abracé a su marido repitiendo la misma frase.  Abandoné el cuarto y me fui con mi pequeña.

Mientras ella era revisada por el médico, cogí mi teléfono para felicitar al nuevo papá y enviar las instantáneas. Al aterrizar su avión en Utah vería a la princesa. Después, realicé varias llamadas a los familiares y amigos para felicitarles por la llegada de la hermosa bebé.

Me detengo frente al cristal donde está ella metida, mis ojos son eclipsados por ese ángel. Y llegó otro momento tan esperado, nuestra primera noche juntas y el reencuentro de padre e hija…

 (En el siguiente post, preparad un paquete de kleenex) 

 GRACIAS, OS QUIERO.

3 Comentarios

  1. Hola!! soy Maria he empezado a seguir tu blogs ya que me encanta la relación con tu marido y tu peque, soy una futura mama y me encanta la manera en la que lo explicas todo…. te escribo porque he leido todo el cuento llamado shaila…. con muchas lagrimas y emoción… por favor terminalo!!!!!
    Dices que el proximo post lo leeríamos en lagrimas en los ojos con el reencuentro con el padre…. por favor!!!! me encantaría saber como termina la historia…. muchas gracias!!!!!

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