YO QUIERO VIVIR.

0

 

Este fue mi final.

TUMBA 1

 

Nunca lo imaginé, pero sí lo predecía… Ahora, sin tener la opción de dar marcha atrás, pienso detenidamente y sin dudarlo elegiría vivir esa otra vida que nunca tuve, porque no quise.

Mis padres trabajadores a más no poder, mis abuelos exactamente igual porque daba mucho trabajo, criar a un niño las veinticuatro horas del día conlleva mucha paciencia y actividad. Siempre guardaré la frase de mi abuelo: “Hijo, lo que daría por volver a cuidarte como lo hacía antes… estás perdido”. Típica frase, o al menos eso creía yo. La paella dominguera me tenía loco, no me la perdía por nada en el mundo. Sólo había una diferencia, que hasta los dieciocho años me sentaba en la mesa y posteriormente al levantarme la tenía en un “tuper”.

Los sábados por la noche eran demasiado intensos como para despertar a la una de la tarde. Mi primera noche fue impresionante, por eso la repito una y otra vez. La cuestión es que ninguna es igual. La mayoría de edad, primera fiesta, tenía que ser inolvidable. A las diez de la noche quedamos todos los amigos en el barrio. El plan era: botellón, discoteca y ligar. ¡¡Planazo!!

Música en el coche de mi colega Martín, cubatas, chicas… por allí se rulaba un cigarro un tanto extraño, vamos, un porro. Nunca lo había probado y todos me decían que me iba a gustar. ” Pues venga, por una vez no pasa nada”, me dije a mi mismo. Esto me provocó un malestar que hizo que vomitase.

Me empecé a encontrar mal y decidí irme a casa. El mareo que tenía no me dejaba mantenerme en pie. Martín y los demás me metieron en el coche dispuestos a convencerme, según ellos tenían la solución a mi malestar, incluso empezaría a pasármelo mejor. ¿Qué pensarían de mí, si en ese momento me hubiera ido?

Qué de novedades, pero como dije anteriormente, por una vez no pasa nada. Una raya de cocaína hizo que mi “pedo” fuera cada vez a más, dejando a un lado mis pensamientos. En la discoteca continuamos en el baño, cada diez minutos, para seguir colocándome. Ahora si sé de lo que estoy hablando y ¡me encanta!

Once de la mañana dando vueltas en la cama sin poder dormir, tan sólo visitaba el baño para vomitar, y mucho. Sábado por la tarde, sólo deseaba dormir la siesta y volver a salir de fiesta. Esta vez en el botellón le digo a mis colegas que ya me he encargado yo de potenciar la fiesta, esta vez les invitaría a la cocaína. Los porros por supuesto estaban asegurados. María, la chica de mi clase que tanto me gustaba, se encontraba en el mismo lugar que nosotros y procedí a hacer lo mismo que el día anterior hicieron conmigo. La incité a ponerse una raya, así disfrutamos por igual.

Qué resaca, no me enteraba absolutamente de nada en clase, en el recreo salía a la calle para fumarme un porro con mi grupo. Se convirtieron en algo imprescindible en mi vida, me aportaban tranquilidad. Cuando iba con mi novia María al cine, fumábamos mucho, nos reíamos un montón.

La droga era muy cara, no trabajaba y obviamente no tenía como pagarla, lo que está claro es que salir sin cocaína, porros y bebida, me niego. Mis padres tenían guardado desde hace años en una caja fuerte collares de oro que jamás usaban y estoy seguro que nunca se darían cuenta.

Para mi sorpresa, cuando estamos en el baño de la discoteca María, Martín y yo poniéndonos unas rayas, éste saca una nueva droga llamada heroína. “Los yonkis se la inyectan pero nosotros como no lo somos, la fumamos”.

Desperté en una hospital, sólo recuerdo cómo le decía a los médicos que ya estaba bien que me dejaran marchar, del resto nada más. María estaba fuera en la sala esperándome, y muy asustada me juró que jamás volvería a probar esa mierda. También me lo hizo jurar a mí, pero me negué porque lo único que deseaba era fumar eso que tanto me gustó.

“Te hemos llamado porque creemos que te estamos perdiendo hijo, hace unos meses acabaste en el hospital con un paro cardíaco, no te quedan apenas dientes, nos has robado, incluso agredido… Tienes veinticuatro años y la vida te está dando un aviso, ingresa en un centro, nosotros te ayudaremos, somos una familia, no la destruyas”.

Mis padres me bombardean la cabeza pero no se dan cuenta de que cuando yo quiera puedo dejarlo, es más, ya no fumo caballo ni esnifo cocaína, ahora tan sólo me pincho y con agujas nuevas. ¿Qué quieren que haga si no me dan trabajo en ningún sitio? Tendré que robar para ganarme la vida, bueno, la droga.

La llave no me abre, aporreo la puerta y quemo el timbre, nadie me abre. Mis abuelos lloran desde la ventana, la policía me detiene y hace que pase una noche en un cuarto muy oscuro. No me importa, solo me está desquiciando el no tener mi necesidad, mi droga. Una vez puesto en libertad corro hacia un supermercado donde a la salida robo el bolso a una señora que me pagaría sustancia del día.

Llovía, hacía frío pero esta aguja me eliminaría todo. Tanto es todo, que me quitó la vida.

El final es el principio que has leído.

Aquí me encuentro solo, como yo elegí. La vida me dio un regalo que fue nacer, la vida me dio una oportunidad que fue parar y recuperarme, la vida me dio un aviso de peligro y la vida me ha dado lo que yo no quería, morir.

Sigo recordando tu frase abuelo: “estás perdido”. Me querías proteger y no te dejé. Mamá, papá no estoy enfadado, os doy las gracias por haber cambiado la cerradura de casa, por lo contrario os hubiese arruinado la vida.

 

Si algo he aprendido es que no existen frases típicas, sino realidades.

Empiezas por una copa, continúas con un porro, sigue la cocaína, después la heroína y terminas con, TU VIDA.

 

EL DESTINO ESTÁ ESCRITO, EL CAMINO LO ESCRIBES TÚ.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here