¡Qué maravillosos sois! Porque lo digo yo y punto. La aventura continúa, hasta que vosotros queráis, de momento continúo como bien dice la sección “Compartiendo Mis Recuerdos”.
Hoy quiero hablaros de un capítulo que sucedió en mi vida hace diez años y que sigo recordando como si fuera ayer, pero en este caso nada tiene de bueno.
Como todos sabéis, porque así lo manifiesto siempre, mi yaya significa para mi todo en esta vida. Ella fue la encargada de criarme mientras mi mamá trabajaba día y noche para sacarme adelante.
Me dedicaba todo su tiempo, compartíamos aficiones, como por ejemplo ver los programas de corazón. Conversaciones diarias, juegos, incluso las discusiones eran graciosas. Conseguía sacarme de quicio cuando estando yo en el parque de abajo de casa, me chillaba por la ventana del tercer piso  ¡Tamara, sube a cenar inmediatamente!
Era más que una amiga, esa era ella. Pero no es oro todo lo que reluce, la mala noticia estaba por llegar.
Lo que a ella le hacía grande como persona le estaba fallando. De urgencia le tenían que operar a corazón abierto.
Y aquí empieza mi recuerdo…
Mi memoria sólo registra cuando aparezco en el hospital y veo a mi yayita tumbada en una cama preparada para entrar a quirófano. Su cara no era otra que de pánico y angustia. Sin embargo sus palabras siempre eran positivas para no preocupar a todos los allí presentes.
Claro, que esto cambió una vez las enfermeras empujaban la camilla hacia la sala donde sería intervenida.
“Espero que salga de esta, no olvidéis que os quiero mucho” el mundo se me cayó, y mi mente se vio bloqueada por unos segundos. No cabía la posibilidad de verla entrar allí y nunca más acariciarla, besarla, escucharla…
Por eso mi cuerpo se abalanzo junto al suyo y sentí un escalofrío muy fuerte que recorrió mi cuerpo, sus ojos no podían contener las lágrimas, al igual que los míos.
Agarrada de su mano, anduve hasta llegar a una puerta donde ponía claramente escrito “prohibido el paso”. Nuestros caminos estaban a punto de distanciarse y como ella había dicho anteriormente, no se sabía si para siempre.
Todos los familiares debíamos quedarnos tras esa puerta durante las próximas siete horas, el tiempo estimado de la operación. No tuve miedo a represarias. El estar un segundo más a su lado pudo más que la posibilidad de que me expulsaran del centro por incumplir las normas.
Atravesé ese “prohibido” y tan sólo tuve que dar un paso para poder darle el beso más especial y sentido de toda mi vida.
Inmediatamente las dos personas que se encontraban con ella, como era de esperar me pidieron abandonar la sala, ya había hecho lo que quería por lo tanto lo hice.
No podía estar en esa desesperante sala, los minutos no pasaban. Varios cafés, llamadas por teléfono, paseos por la puerta del centro, todo lo que se me ocurriese para que el tiempo transcurriera lo más rápido posible.
Sentada en las escaleras exteriores, no paraba de llorar proyectando imágenes de ambas repletas de felicidad, no podía abandonarme, no lo concebía.
La sala de espera estaba con aforo completo, y no disponía de ningún lugar para poder reposar la cabeza, me dolía demasiado. Por lo tanto opté por tumbarme en el suelo e intentar descansar.
“Familiares de “Ángela López” no terminó el segundo apellido cuando todos rodeábamos al médico ansiosos por saber su estado.
“Se encuentra estable, todo salió bien”. Una vez más me demostró la fuerza que tiene. El cuerpo se fue estabilizando poco a poco hasta el momento en el que nos dejaron entrar solo dos minutos a verla, ya que se encontraba en la UVI.
No era mi yaya, una mujer completamente entubada, con un color de piel amarillo y dormida. Una impresión que provocó en mi tía y en mí casi una bajada de tensión. Un proceso normal pero no para los que no estamos acostumbrados a ello.
Y como el dicho dice, después de la tormenta siempre llega la calma. Una capacidad de recuperación asombrosa, con tan sólo un día de descanso en su habitación ya trataba de abandonar lo antes posible ese lugar.
Cuando entré y la vi fue una sensación de alivio impresionante. Ahí estaba ella de nuevo para compartir todos esos lindos momentos que hasta hacía dos días vivíamos.
La palabra admiración en mi vocabulario tiene un nombre, Ángela López, mi yaya. te-quiero-yaya

3 Comentarios

  1. Tu relato me recuerda lo que vivi con mi padre. Un horror esas horas de espera…. es fantástico que le digas lo que la quieres día a día!! Un beso guapa!!

  2. Te entiendo perfectamente para mi mi yaya lo era todo,digo lo era xq nos dejo hace 9 meses.la hecho tanto de menos!!!es un sentimiento tan fuerte el q siento x ella q jamas x muchos años q pase cambiara.para mi era algo mas q la yaya,era mi madre,mi amiga,mi confidente…nunca me recuperare de este duro golpe xro aprendere a vivir con ello y a seguir queriendola como si siguiera aqui.

  3. Hola Tamara me ha encantado tu relato de la yaya, yo soy yaya y quiero que mis nietos el dia de mañana tenga unos recuerdos llenos de amor. Me gustaria tener una conversación privada contigo pero no se como contactar contigo , si eres tan amble me mandas un mensenger privado a mi faccebok Pilar Ferrandiz Vera y te cuento ago muy interesante para ti tanto personal como economico , de verfdad es muy interesante.Un saludo y estas muy muy guapa

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